
EL FIN DE LA PAX PULLARISTA: La Renuncia de Enrico, el Dilema del Furgón de Cola Socialista y la Frontera Innegociable de La Libertad Avanza
Redacción 12noticias.tv
Para decodificar el verdadero pulso de la política santafesina, conviene apagar por un instante los micrófonos de la propaganda oficial y escuchar el ruido a chapa retorcida que viene del subsuelo.
Hay una narrativa monocorde, prolijamente instalada por un coro de periodistas militantes y analistas de sobre, que insiste en vender una fantasía: que la reciente reforma constitucional que habilitó la reelección de Maximiliano Pullaro es el boleto de entrada a un reinado de ocho años garantizados.
Cuidado. La historia de Santa Fe es un cementerio de proyectos hegemónicos que se creyeron eternos un cuarto de hora antes de colapsar.
La realidad es que el gobernador ha conseguido la herramienta legal, pero el territorio y la economía le están limando el poder político a una velocidad que los laboratorios de encuestas no logran registrar. Más allá de lo que dictamine el voluntarismo de la Casa Gris, hoy la reelección es un signo de interrogación gigante. La balsa de Unidos navega sobre un río de aguas ultra turbias.
La rebelión de los uniformes y las tizas (a pesar de sus jefes)
El primer gran cortocircuito de la gestión pullarista no está en los despachos de la capital, sino en los dos pilares que sostienen el funcionamiento básico de la sociedad: la seguridad y la educación.
El clima que se respira en las comisarías y en las salas de profesores ya no es de expectativa, sino de una bronca sorda y acumulada.
Por un lado, la familia policial —un electorado que en 2023 apostó masivamente por el perfil de "mano dura" del exministro— empieza a sentir el sabor amargo de la traición salarial.
Detrás de las fotos de los operativos cinematográficos y el despliegue de patrulleros, se esconde la realidad de agentes con ingresos de indigencia, congelados frente a una inflación que no da tregua y sometidos a un nivel de exigencia que no se condice con el vaciamiento de sus bolsillos.
En la otra vereda, el conflicto educativo expone una de las paradojas más agudas de la provincia. El malestar en las bases docentes es transversal, profundo y real: los maestros sienten el impacto del ajuste y el peso del regreso encubierto del "presentismo".
Sin embargo, la tragedia del sector es que la legitimidad de su reclamo se estrella contra la pared de su propia representación. Los sindicatos del sector arrastran un desprestigio colosal, atrapados en una estética y una lógica de confrontación al más puro estilo de Roberto Baradel en Buenos Aires.
Esa cúpula gremial, percibida por gran parte de la sociedad —e incluso por muchos de sus representados— como una corporación más preocupada por los privilegios políticos que por la calidad educativa o el salario real, le ha servido en bandeja a Pullaro el enemigo perfecto.
El gobernador logró imponer su agenda por decreto explotando precisamente ese divorcio entre los maestros que sufren el aula y los dirigentes que la miran desde el palco. Pero cuidado: que la dirigencia esté desprestigiada no significa que el resentimiento en las tizas haya desaparecido.
El Pro mira al cielo libertario, el socialismo mastica rabia
Mientras tanto, en la superestructura de la coalición gobernante, las identidades ideológicas operan como fuerzas centrífugas. El PRO santafesino, formalmente socio de Unidos, tiene el corazón y la calculadora puestos en otro lado. Sus dirigentes miran con ojos de deseo un esquema de confluencia con La Libertad Avanza de cara al armado electoral. El macrismo local entiende que su supervivencia depende de mimetizarse con el votante de Javier Milei, un movimiento que introduce una cuña ideológica intolerable para el resto del frente.
Asistiendo a este coqueteo se encuentra el Partido Socialista. Para los herederos de Hermes Binner y Miguel Lifschitz, la convivencia actual es un ejercicio diario de humillación política. El socialismo, una fuerza histórica acostumbrada a conducir y a dotar a la provincia de una identidad progresista y de vanguardia estatal, hoy se ve reducida a un rol inédito y degradante: ser el furgón de cola de un tren manejado por el radicalismo de frontera y tirado por la locomotora del ajuste.
Los socialistas no están hechos para la obediencia debida. Mastican rabia en silencio mientras ven cómo el pullarismo desmonta parte del entramado cultural y de salud que fue el orgullo de sus gestiones.
Ese silencio no es sumisión; es el repliegue estratégico de quien sabe que, a la primera de cambio, cuando el desgaste de la gestión radical sea inocultable, ellos tendrán la oportunidad histórica de soltarle la mano al gobernador para salvar su propia ropa.
El ADN común: La Libertad Avanza, el peronismo de derecha y el factor evangélico
Es en este punto donde los analistas de la Casa Gris cometen su error de apreciación más grave al suponer que el crecimiento de los libertarios se digerirá dentro de Unidos. Se equivocan de mapa genético. Si uno rasca la superficie discursiva, descubre que La Libertad Avanza tiene muchísimos más puntos en común, por doctrina y por temperamento, con la matriz histórica del peronismo de derecha —aquel del orden, el conservadurismo social y el pragmatismo pro-mercado— que con el reformismo institucional de la UCR o el estatismo del socialismo.
A este ecosistema conservador se le suma ahora un actor clave con alto despliegue territorial: los espacios políticos evangélicos de la provincia. Sus principales referentes nacionales y locales acaban de dar una señal inequívoca al confluir de manera muy orgánica en los salones del recuperado Palacio Libertad en Buenos Aires, bajo el calor de la narrativa oficial sobre la batalla cultural.
Se trata de terminales políticas que hoy evalúan con suma simpatía abandonar cualquier pretensión ecuménica de centro para sumarse de lleno a las filas de La Libertad Avanza. Encuentran allí una afinidad doctrinaria respecto a la agenda de valores y el orden que los saca de la órbita de contención de Unidos.
Por eso, la jefa del armado mileísta en la provincia, Romina Diez, se ha encargado de clausurar cualquier fantasía de absorción por parte del oficialismo local. Con la intransigencia que la caracteriza, ya dejó en claro ante sus íntimos y ante los micrófonos lo obvio: sumarse a Unidos no le interesa en lo más mínimo. Para el riñón de Karina Milei, el frente santafesino es un "rejunte" infectado de socialdemocracia. Con el PRO en un limbo y los sectores religiosos y del peronismo no kirchnerista mirando hacia la Casa Rosada, LLA prefiere consolidar su propia pureza en el subsuelo antes que sentarse a negociar cargos con el pullarismo.
La trampa de la reelección
La reforma constitucional se militó en los pasillos de la Legislatura como la cumbre del éxito político de Pullaro. Logró lo que no pudieron Reutemann, Obeid, ni Lifschitz. Sin embargo, en la física del poder, la zanahoria de la reelección suele transformarse rápidamente en un búmeran. Al quedar habilitado el casillero para un segundo mandato, el gobernador centraliza de manera absoluta la responsabilidad de la crisis. Ya no hay margen para echarle la culpa al "pasado peronista" ni a la "herencia de Perotti".
A un año de los comicios, el panorama se revela fracturado: un radicalismo que lleva la interna en el ADN y que acaba de eyectar a Lisandro Enrico del Senado para calmar a los caciques del norte; un socialismo resentido; el PRO armando las valijas; e intendencias clave del Gran Rosario, como la desgastada gestión de Alberto Ricci en Villa Gobernador Gálvez, que ya no contienen el derrame del malestar social.
La reelección es posible en los papeles, pero la realidad política indica que el pullarismo está gastando sus cartuchos mucho antes de tiempo. En Santa Fe, la soberbia de los números suele ser la antesala de las sorpresas más ingratas.



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