El sueño del pibe: pasar del sector privado al Estado

Tal vez haya que revisar, entonces, el relato del “sacrificio”. Esa idea de que alguien deja todo para meterse en el Estado. Porque, a juzgar por la evidencia, el viaje tiene menos de renuncia y bastante más de reconfiguración profesional (en todo sentido).
09/05/2026Redacción 12noticias.tvRedacción 12noticias.tv
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El Dr. Gonzalo Macco es Presidente del Instituto de Gestión Pública del Colegio de Abogados de Rosario

Por Dr. Gonzalo Macco - Especial para 12noticias.tv

En la Argentina actual se consolidó un nuevo recorrido aspiracional. Ya no alcanza con “hacerla” en el sector privado, vender una empresa o escalar en una multinacional. El verdadero salto, al parecer, es otro: llegar al Estado.

El guion se repite. Primero, la narrativa: “emprendedor”, “generador de empleo”, “hombre de gestión”; después, la épica: “dejé todo para aportar”. Y finalmente, el desembarco: una oficina pública y la convicción de que todo sería más fácil si esto funcionara como una empresa.

El problema es que no funciona así.

Durante años, esa idea tuvo respaldo en la llamada Nueva Gestión Pública, que promovía incorporar herramientas del sector privado al Estado: eficiencia, medición de resultados, foco en el “cliente”. Hasta ahí, todo razonable, y personalmente es un enfoque que comparto y considero necesario. El problema fue la versión simplificada del mensaje que llego a nuestro país: creer que gestionar una empresa habilita automáticamente a gestionar lo público.

Como si un ministerio fuera una PyME con más empleados.

Así se instaló una lógica curiosa: que se puede “aprender haciendo”. Dirigir políticas públicas complejas, atravesadas por normas, intereses y restricciones, como si fuera una práctica más. Hace poco leí un ejemplo que circulaba en redes sociales: nadie se subiría a un avión pilotado por alguien que “viene del mundo automotor pero aprende rápido”. Sin embargo, en la gestión estatal, ese experimento parece aceptable. Con una diferencia no menor: ese aprendizaje se financia con recursos públicos.

Mientras tanto, ocurre algo menos mencionado. Quienes llegan con la idea de una experiencia transitoria suelen quedarse. La política, que se presenta como una escala, termina siendo destino. La puerta giratoria gira, pero casi siempre quedan adentro.

Y no es casual.

El Estado ofrece estabilidad, visibilidad y margen de decisión. Incluso para quienes venían a “enseñar” cómo competir en el mercado. Los errores, además, no se pagan en los mismos términos.

A esta altura la discusión no es de dónde vienen los funcionarios, sino si están preparados para gestionar lo público. Porque el Estado no maximiza ganancias, no elige a sus usuarios y no puede dejar de intervenir donde el mercado no llega. Gobernar es administrar tensiones y eso requiere formación específica.

En este punto, incluso sectores que promueven un Estado más chico parecen haberlo entendido mejor. El propio Luis Lacalle Pou, en Uruguay, impulsó espacios de formación en gestión pública para espacios gerenciales y la señal es clara: aun con una visión de eficiencia y austeridad, sin cuadros preparados, no hay buen gobierno.

De hecho, incluso la idea de los “cuadros técnicos” quedó desactualizada. La evolución del Estado y la creciente complejidad de la gestión pública ya no se resuelven simplemente con trayectoria previa o experiencia sectorial. No alcanza con “venir de”. Hoy se requiere profesionalismo específico. La gestión pública dejó hace tiempo de ser un ámbito donde se entra a aprender para convertirse en un campo que exige formación propia. Y esa es, justamente, una de las principales deudas: buena parte de quienes ocupan posiciones de decisión no cuentan con esa preparación.

Tal vez haya que revisar, entonces, el relato del “sacrificio”. Esa idea de que alguien deja todo para meterse en el Estado. Porque, a juzgar por la evidencia, el viaje tiene menos de renuncia y bastante más de reconfiguración profesional (en todo sentido).

El sueño del pibe ya no es solo triunfar en el mercado. Es, después de eso, encontrar en el Estado un lugar donde quedarse.

 

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