
Lo inquietante no es que el debate recién empiece. Lo alarmante es el desinterés. ¿Cómo puede ser que una ciudad de más de un millón de habitantes, con los desafíos de una metrópolis, siga funcionando bajo reglas pensadas para pueblos de otro siglo, y nadie parezca notarlo? Rosario podría definir cómo se vota, cómo se organiza, cómo se representa. Pero al parecer, a nadie le importa.











