De los abogados y los contadores a los outsiders: la política argentina dejó de formar cuadros

Un Estado moderno necesita políticos capaces de conducir y especialistas capaces de asesorar, diseñar, implementar y evaluar. Necesita carreras públicas que acumulen conocimiento y partidos que vuelvan a formar dirigentes.
29/08/2026Redacción 12noticias.tvRedacción 12noticias.tv
Opinión
El Dr. Gonzalo Macco es el Presidente del Instituto de Gestión Pública del Colegio de Abogados de Rosario.

 Hubo una época, no necesariamente mejor, pero sí diferente, en la que buena parte de la dirigencia política argentina estaba integrada por abogados y contadores. No era casual: el derecho ofrecía herramientas para legislar, negociar, administrar conflictos y entender el funcionamiento del Estado y los contadores usaban sus conocimientos para el manejo presupuestario, lo cual es un tema fundamental.

Pero había algo más importante: existía una cultura de formación política. Los partidos y las propias estructuras estatales funcionaban como ámbitos donde se construían dirigentes y se transmitía conocimiento.

Después llegó el discurso de los equipos técnicos. A partir de 2015 comenzó a instalarse con fuerza otra idea: si los dirigentes, no conocían el Estado, había que rodearlos de equipos técnicos.

La lógica era razonable: el político conducía y los especialistas aportaban conocimiento para diseñar e implementar políticas públicas. No para reemplazar a la política, sino para evitar que tuviera que improvisar sobre aquello que no conocía. Y ahí se comenzó a impulsar la conformación de espacios altamente capacitados, donde se competía por quien tenía el máster más relevante.

 Sin embargo, el problema es que aquella discusión también parece haber quedado atrás.

 Hoy tenemos algo bastante más preocupante: no tenemos ni una cosa ni la otra. Ya casi no se habla de cuadros técnicos, mientras los outsiders siguen llegando a los gobiernos.

 Pero el fenómeno más profundo es otro.

La política argentina empieza a quedar poblada por personas cuyo principal oficio es ser políticos: aprendieron a ganar elecciones, construir poder, negociar cargos y sobrevivir dentro de las estructuras partidarias. Habilidades importantes, pero insuficientes para gobernar.

 Porque hacer política y gobernar no son exactamente la misma profesión.

 La paradoja es evidente: primero se cuestionó a los políticos tradicionales; después se incorporaron outsiders; luego se intentó compensar su falta de experiencia con equipos técnicos. Ahora parece que también abandonamos eso.

 El resultado es una combinación peligrosa: dirigentes sin formación específica para administrar y estructuras políticas que tampoco forman cuadros.

 No sólo dejaron de formarse cuadros políticos. También dejaron de formarse cuadros técnicos.

 Y cuando los gobiernos cambian, pero el Estado permanece, esa ausencia se paga caro: cada gestión vuelve a aprender lo que una administración profesional debería saber de antemano.

 La cuestión no es reivindicar a los abogados frente a los outsiders. El problema es otro: gobernar requiere conocimiento, más aún, frente a las demandas actuales. Y ese conocimiento no aparece el día en que alguien recibe una designación.

Un Estado moderno necesita políticos capaces de conducir y especialistas capaces de asesorar, diseñar, implementar y evaluar. Necesita carreras públicas que acumulen conocimiento y partidos que vuelvan a formar dirigentes.

 Una democracia puede elegir a un outsider, a un abogado, a un empresario o a un científico. Lo que no puede permitirse es que nadie se haya ocupado de enseñarle a gobernar.

 La crisis, entonces, no es solamente de dirigentes. Es una crisis de transmisión del conocimiento político y estatal.

 Porque cuando la política deja de formar cuadros, puede seguir fabricando candidatos. Lo que empieza a faltarle es algo mucho más importante: personas capaces de gobernar.

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