La pantalla en el camposanto: entre el marketing del asombro y el pudor de la memoria

Un ciclo de cine de terror en el cementerio local desató la bronca en las redes: la delgada línea entre la provocación artística, la banalización del dolor ajeno y el respeto por la memoria de los afectos.
11/08/2026Redacción 12noticias.tvRedacción 12noticias.tv
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El tablero se tensa cuando la propuesta del ocio nocturno colisiona de frente con el mapa de los afectos.

Hay un punto en el que la búsqueda desesperada de originalidad cruza una frontera delicada. La idea de armar un ciclo de cine de terror dentro del marco de lo que hoy se consume como "turbio" o "exótico", eligiendo un cementerio como sala de proyección, no es una simple travesura artística; es el síntoma de una época que experimenta una cierta fatiga del asombro y necesita subir la apuesta permanentemente para capturar la atención en las redes sociales.

El tablero se tensa cuando la propuesta del ocio nocturno colisiona de frente con el mapa de los afectos. Para los organizadores, la necrópolis es quizás una locación imbatible, una escenografía natural que garantiza atmósfera, misterio y una postal perfecta para el algoritmo. Pero el problema surge cuando esa geografía deja de ser un concepto abstracto, un escenario cinematográfico más, para convertirse en el lugar exacto donde descansan los abuelos, la historia familiar y el dolor de los vecinos.

Ahí se produce un cortocircuito inevitable que revela una disonancia profunda. Por un lado, opera la mirada de quienes conciben el espacio público como un soporte dinámico para eventos culturales no convencionales, operando bajo la lógica de que la provocación estética es siempre bienvenida y sin la intención deliberada de ofender a nadie. Del otro lado, estalla la reacción airada de quienes sienten que se banaliza un espacio de recogimiento sagrado, convirtiendo la memoria íntima en el decorado temporal de una función pochoclera donde unos cuantos se divierten a costa del pudor ajeno.

Quizás el dilema pase por entender que los cementerios no son todos iguales ni cumplen la misma función para toda la comunidad. No es lo mismo el gran panteón histórico que funciona como museo a cielo abierto que el cementerio cotidiano, el del barrio, el que guarda las lápidas de los seres queridos de quienes todavía transitan el duelo a pocos metros de ahí.

Cuando las ganas de innovar y la avidez por lo transgresor chocan con la sensibilidad de una comunidad que ve en ese gesto una falta de respeto elemental, la iniciativa deja de ser una audacia cultural y se transforma en un agravio difícil de digerir. Al final, el gran desafío de la gestión contemporánea es advertir que hay zonas de la experiencia humana donde el marketing del divertimento debería detenerse ante el umbral del silencio.

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