
El teorema de Baglini en el llano: la liviandad del concejalismo y el arte de tirar piedras al techo de cristal
Redacción 12noticias.tv
Carlos Menem solía decir, con esa dosis de pragmatismo riojano que lo caracterizaba, que gobernar no es para cualquiera. Tenía razón. Pero el verdadero drama de la política contemporánea no reside en la dificultad intrínseca de gestionar la escasez, sino en la abrumadora facilidad con la que se puede criticar desde la periferia del poder.
Existe una anomalía en la política de cercanía —esa que se cocina en los Concejos Deliberantes de nuestro cordón e interior santafesino— que merece ser diseccionada bajo el microscopio de la teoría política tradicional. Nos referimos a la vigencia absoluta, casi biológica, del Teorema de Baglini. Aquella máxima acuñada por el radical mendocino Raúl Baglini en 1985, que dictaba que la audacia de las propuestas de un dirigente es inversamente proporcional a su distancia del poder, hoy encuentra su versión más grotesca en la dinámica municipal.
Para un concejal de la oposición, el mundo es un lugar asombrosamente sencillo. Su tarea diaria carece del peso de la firma, del estrés del descubierto bancario o de la paritaria municipal. Desde la comodidad mullida de una banca, la realidad se percibe estática, maleable a fuerza de minutas de comunicación y declaraciones de repudio. Allí se gesta una demagogia de baja intensidad, pero de alto impacto retórico.
El mecanismo es previsible, casi de manual de primer año de derecho público. El concejal opositor detecta un bache, un foco de inseguridad o una deficiencia en la recolección de residuos —males endémicos de cualquier administración que debe lidiar con una macroeconomía nacional raquítica— y monta sobre esa costura abierta un discurso de indignación selectiva. Se exigen planes maestros, giros de partidas presupuestarias imposibles y soluciones inmediatas. Hay en ese acting una simulación del saber que esconde, en el fondo, una profunda irresponsabilidad técnica.
El intendente o el presidente comunal, en cambio, habitan el reverso del teorema. Les toca la tarea ingrata de la física política: gobernar con recursos finitos. Administrar un municipio hoy es una ingeniería del día a día, un ejercicio de supervivencia donde cada peso asignado a un bache se le quita a la salud o a la asistencia social. El Ejecutivo gestiona la sábana corta; el concejal enciende el ventilador en pleno invierno.
Es aquí donde el análisis analítico nos obliga a trazar una línea de demarcación clara. Quienes ejercemos la tarea de observar y auditar la realidad desde las páginas y los portales de nuestra región tenemos la responsabilidad intelectual de no ser cómplices de la pirotecnia discursiva. Los intendentes y presidentes comunales del territorio, independientemente de su color partidario, lidian cotidianamente con una asimetría feroz. Encontrar en el ecosistema de medios locales un periodismo de ideas, capaz de elevar la discusión por encima del barro mediático y rescatar la complejidad técnica de la gestión pública, no debería ser una excepción, sino la regla. Es un valor que el propio funcionariado de trinchera —el que firma decretos y responde ante los vecinos— sabe ponderar cuando el debate se plantea con rigor científico y no con chicana de comité.
Esta fragmentación discursiva daña el debate público. Convierte a los recintos legislativos locales en meras plataformas de streaming político o factorías de videos para redes sociales, donde lo que importa no es la viabilidad de la norma, sino el efectismo del golpe. Es el ataque sistemático como sustituto de la propuesta. Una gimnasia dialéctica que sale gratis, porque el costo del fracaso jamás se liquida en la cuenta del legislador.
¿Cuál es el antídoto al teorema de Baglini en el llano? La honestidad intelectual. Si la oposición local aspira seriamente a ocupar el sillón del Ejecutivo, debería empezar a modular sus discursos bajo la premisa de la factibilidad. Explicar no solo el qué, sino el cómo y con qué caja. De lo contrario, seguiremos asistiendo a este espectáculo diario donde los que tienen la obligación de controlar confunden el control con el piedrazo, olvidando que, a la corta o a la larga, el techo de cristal de la demagogia siempre termina por romperse.


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